Aprender a Pensar

Bitácora de clase

Blog de Nelson Astegher

Nelson Astegher

Instituto Icep de Enseñanza

El Prisma Moral

escrito el 2 de abril de 2013 por en General

Adaptado por Nelson Astegher de: Marvin W. Berkowitz, Ph.D: The Moral Prism.
Los seres humanos vemos el mundo de forma diferente unos de otros. Por ejemplo, los niños piensan que las nubes caminan detrás de ellos, y que los sueños están físicamente presentes en sus dormitorios durante la noche. Los adolescentes piensan que todo el mundo los juzga y los analiza. Los niños en primaria creen que el pensamiento es omnipotente, y que “resolver algo” es equivalente a hallar la verdad. Y un largo etcétera.
¿Estamos conscientes de que los niños, jóvenes y adultos también ven el mundo moral de forma diferente? Por ejemplo, los niños en los primeros grados de primaria piensan que cualquier diferencia es injusta, y prefieren botar a la basura un dulce extra antes que permitir una distribución desigual. Los adolescentes consideran que es inmoral revelar la falta cometida por un compañero, aunque se trate de una falta grave. “Tapar” la falta del compañero se considera lealtad. Muchos niños consideran moralmente correcto obtener lo que quieren… podemos preguntarnos, ¿porqué existen estas diferencias y porqué son importantes para la educación moral?
Lo que ocurre es que cada persona piensa sobre los valores desde su propio nivel de desarrollo moral. Conforme las personas crecen, van desarrollando nuevas y más adecuadas formas de resolver los asuntos morales. Los niños están (cognitiva y afectivamente) menos desarrollados que los adolescentes, y éstos menos desarrollados que los adultos. Cuando una persona (niño, adolescente o adulto) se enfrenta a un problema moral, él o ella lo interpreta, y esta interpretación se debe en parte a su particular historia personal (su cultura, su religión, su experiencia educativa, su familia, etc.), y en parte a su nivel de desarrollo moral. La interpretación que la persona hace es crítica para lo que juzgará como correcto o incorrecto, como algo de valor, o algo que vale poco. Esta es una razón por la cual los adultos usualmente encuentran que muchos niños y adolescentes “no entienden” los problemas cuando ellos tratan de explicárselos. En realidad los niños y adolescentes entienden los problemas, pero los entienden de forma diferente a como lo hacen los adultos.
La segunda forma en que las personas pueden diferir es en lo que se conoce como dominio de categorización. Con mucha frecuencia hablamos de valores y de lo que constituye un buen carácter y un comportamiento ético, pero usualmente olvidamos que hay diferentes categorías o dominios de valores. Por ejemplo, mi valor de búsqueda de justicia es diferente de mi valor por la modestia en el vestir, que es diferente del valor que le doy a los helados de chocolate por sobre los de vainilla. Todos son valores, pero la justicia es un valor moral, el vestido es un valor socio-convencional, y la preferencia en el sabor es un valor personal. Hay diferentes criterios en los distintos tipos de valores; lo que es más interesante es que, aun cuando hay gran acuerdo sobre a qué dominio pertenecen los valores, muchos asuntos relativos a los valores no son claros, y las personas pueden diferir en cómo categorizarlos. Un buen ejemplo es el caso del uso de alcohol, tabaco o drogas ilícitas. Los adolescentes suelen no ver la relevancia moral de esas sustancias, pues para ellos el uso de drogas es un asunto de preferencia personal, tal como preferir un helado de chocolate.
De este modo, hemos visto cómo las personas pueden diferir entre ellas por mirar a través de un diferente prisma moral. Los seres humanos pueden estar en un nivel de desarrollo diferente, o pueden categorizar sus valores de distinta forma. Es importante señalar que estas diferencias no sólo se dan entre los niños y los adultos, sino también al interior de los dos grupos.


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Los Cambios Culturales en la Educación

escrito el 2 de abril de 2013 por en General

Hace tiempo y a lo lejos la escuela tradicional atesoraba en los libros sus verdades esenciales y el alumno obtenía de memoria conocimientos rigurosos o verdades categóricas. Se transmitía una erudición estática. Lo que se enseñaba permanecía vigente a través de los años.
No se producían los asombrosos cambios que agitan nuestro tiempo: las ciencias rasgan sus vestiduras habituales y entretejen sus campos. La geometría clásica ha sido escoltada por otros razonamientos metafísicos y relativistas, algo semejante ha ocurrido con la lógica, las verdades científicas son superadas por otras nuevas. Desde Heisenberg1, se ha visto tambalear la estructura de la ciencia estatal, y la geometría tetradimensional ha abierto el pensamiento a dimensiones inimaginables. Lo que hoy tenemos que transmitir se muestra en continuo cambio y debe ser transmitido en movimiento. Vivimos una cultura dinámica cuya característica es el gran movimiento de sus verdades. La estática tenía verdades definidas y definitivas. La condición evolutiva en una cultura dinámica, es la de seguir revelando siempre, aún a costa de desautorizar el saber descubierto recientemente.
Estas manifestaciones de la erudición y el saber solían ser consideradas como invariables e irreversibles. Tanto así era que aun los contenidos relativamente cambiantes eran enseñados de manera rigurosa. Esta Cultura podríamos decir que tenía sentido hasta algunos años cercanos al final del milenio pasado. En nuestros días, diez años equivalen a un siglo de otros tiempos. De poco podría servir el memorizar una gran cantidad de datos que cambian a diario y que pueden obtenerse presionando un botón.
Si el hombre es pensado como poseedor de un patrón de conducta, como ente inteligente, y no como enciclopedia, es mucho más importante que posea la capacidad o habilidad para descubrir lo que ignora. Que pueda analizar coherentemente la realidad, su propio entorno, que manipule los principios y no los datos versátiles, que sea apto para crearse un cuadro o esquema capaz de analizar cualquier realidad que examine, y no sólo transmitir lo que otros exponen. Debe enfrentar ineludiblemente su constante actualización. (Dewey2 distinguió entre educación como reproducción y como nutrición). Sobre nutrición debemos colocar el acento.
En épocas de cultura más estática y con insuficiencia de libros estos tenían un valor casi sacro. El catedrático era generalmente profesor-lector de un libro.
¿Cómo podría hoy aprenderse de memoria información que evoluciona en menos tiempo de lo que dura un ciclo de estudios?
Hoy importa más la capacidad para seguir aprendiendo y para actualizar lo aprendido (y hasta para olvidar lo innecesariamente endurecido en la memoria, para “desaprender” lo aprehendido). Debemos tener muy en cuenta la metafísica del conocimiento: la educación verdaderamente ventajosa proporciona comprensión de unos pocos principios generales que se apoyan, de manera firme, en su aplicación a una gran variedad de datos precisos. En la práctica se olvidarán los detalles particulares pero se recordarán, por un sentido común inconsciente, cómo aplicar los principios a las circunstancias inmediatas.
La función de la Universidad es capacitar al alumno para liberarse de los detalles en beneficio de los principios, las causas primeras. Cuando hablo de principios, no me refiero siquiera a enunciaciones verbales. Un principio que hemos asimilado es más un hábito mental que una enunciación formal. Se convierte en la manera en que reacciona la mente al estímulo apropiado en forma de circunstancias ilustrativas. Nadie da rodeos si tiene presentes sus conocimientos de forma clara y consciente. A menudo se habla del aprendizaje como si estuviéramos vigilando las páginas abiertas de todos los libros que hemos leído, y entonces, cuando se presenta la ocasión, elegimos la página conveniente para leer en voz alta al firmamento.
Padecemos todavía una parálisis del pensamiento inducida en los alumnos por la acumulación, sin objeto, de conocimientos precisos, indiferentes e inservibles.
El primordial propósito de un profesor universitario debe ser mostrarse en su auténtico carácter, esto es, como un hombre ignorante que piensa, que utiliza activamente esa pequeña porción de conocimientos. En cierto sentido, el conocimiento disminuye a medida que aumenta la sabiduría, puesto que los detalles son absorbidos por los principios. Los detalles del conocimiento que sean importantes, se aprenderán de forma definitiva en cada circunstancia de la vida, pero el hábito de la utilización activa de principios bien comprendidos es la posesión final de la sabiduría.
Deben quedar muy claras las diferencias entre una educación para la memoria y los datos, y una educación que es actividad inteligente y búsqueda de destrezas para seguir aprendiendo y para disponer eficazmente de la información, o concebir la nueva verdad si es necesario.
Usualmente relacionamos estudios y aprendizaje, con la niñez. (Esto ya lo ha observado Mannheim3). Porque el mayor era precisamente el que no tenía que ir a la escuela, el que había recibido ese cupo básico de conocimientos, esa dosis primordial y definitiva de verdades con las que ya podía quedarse tranquilo. Ser adulto era no tener que estudiar más. No se veía razón para seguir aprendiendo. Pero eso que era válido para una cultura estancada no lo es más en nuestro tiempo. De allí la creciente importancia de la educación contínua.
En el pensamiento tradicional, el fin era sólo conocido por el catedrático. El alumno no tenía idea de hacia dónde se dirigía, ni de lo que le irían a enseñar mañana ni para qué le enseñaban lo que le estaban ilustrando hoy.
El hombre, no importa cual sea su ocupación o tarea, es naturalmente un filósofo y no puede dejar de serlo aunque se lo proponga. Lo que pasa es que su filosofía, la de la generalidad de los hombres, es la que otros pensaron por él y está constituida por el repertorio más o menos amplio de ideas y valoraciones con las que cuenta y desde las cuales vive sin reparar en ellas, sin preocuparse por saber de donde le vienen ni que significan.
La nueva visión de esta educación del naciente siglo es el lograr pensadores, hombres y mujeres capaces de analizar la realidad, el entorno de lo cotidiano.
En el período escolar inicial, el estudiante ha estado mentalmente inclinado sobre su pupitre, en la universidad deberá ponerse de pié y reconocer su alrededor. Deberá abandonar los detalles y comenzar a reconocer los principios. Quizá de esta manera, podamos superar las insuficiencias de una sociedad que haciendo uso eficaz de la ciencia, se muestra impotente para comprenderla.
Necesitamos complementar la ciencia de la naturaleza física con los dogmas de la razón humana.
Los períodos más elevados de la evolución, coinciden con un ser que puede indagarse a sí mismo y vislumbrar la infinitud del espíritu, su propio yo interior.
De esta manera, la comprensión lograda por cada persona que estudie, que avance por el saber, se transmutará en principios, guiando a su poseedor hacia el preludio de la sabiduría, hacia el conocimiento de sí mismo.
Debe ser ésta desde hoy nuestra tarea.
Notas
1Werner Karl Heisenberg (1901-1976), físico y Premio Nobel alemán, que desarrolló un sistema de mecánica cuánti-ca y cuya indeterminación o principio de incertidumbre ha ejercido una profunda influencia en la física y en la filosofía del siglo XX.
2John Dewey (1859-1952), filósofo, psicólogo y educador estadounidense.
3Karl Mannheim (1893-1947), sociólogo alemán, fundador de la sociología del conocimiento.


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¿Hasta qué punto somos capaces de ser irracionales?

escrito el 2 de abril de 2013 por en General

La experiencia de la Universidad de Yale.
El horror que la mayoría de las personas experimentaron cuando se descubrió lo que había ocurrido en la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial se acompañó a menudo de virtuosas afirmaciones en el sentido de que “una cosa así jamás habría podido ocurrir aquí”, de que nosotros no habríamos permitido semejantes atrocidades.
¿No lo habríamos permitido jamás? ¿Qué ocurrió en la Alemania nazi? ¿Somos todos capaces de ser irracionales? ¿Hasta qué punto? ¿Quién traza los límites?
Uno de los artículos más escalofriantes que he leído apareció en forma de una crítica escrita por el psiquiatra Ralph Crawshaw sobre el libro de Fred J. Cook, publicado por Macmillan con el título de: El País corrompido: la moral social de la América moderna. Escribía Crawshaw:
En esencia, Cook nos dice en El País corrompido que los ciudadanos americanos han abandonado su moral personal por una moral colectiva, institucionalizada. Han abandonado la convicción reflexiva por el sentimentalismo comprometido y la popularidad, es decir, la responsabilidad por la obediencia. Amarga medicina, ciertamente. Siempre podemos parapetarnos detrás del hecho de que no posee pruebas estadísticas de que se trata de una mera impresión personal suya, de que, en realidad, no tiene demasiada importancia en fin de cuentas. ¿O sí la tiene?
Cito literalmente un fragmento de la crítica sobre un informe de Crawshaw acerca de un proyecto de investigación ejecutado por Stanley Milgram en la Universidad de Yale, que aporta pruebas en respuesta a esa cuestión:
Las investigaciones de Stanlev Milgrarn en Yale empiezan a poner una base científica a las deducciones de Cook. Milgrarn llevó a cabo una serie de experimentos psicológicos sobre la obediencia. Tomó una muestra variada de la población masculina adulta (de veinte a cincuenta años) de Bridgeport, Connecticut, en la que había desde obreros no calificados hasta profesionales. El experimento aspiraba a determinar hasta qué punto una persona estaría dispuesta a castigar a otra en cumplimiento dc órdenes, pero fue presentado falsamente como un estudio científico realizado por la sociedad Bridgeport Research Associates sobre técnicas docentes. Los sujetos fueron seleccionados al azar, y se les pagaba cuatro dólares y medio por el tiempo que perdían.
Se ataba al «alumno» a una «silla eléctrica», después de haber permitido al sujeto (que hacía las veces de maestro) experimentar una sacudida eléctrica de 45 voltios, a título de prueba, para convencerle de la autenticidad del instrumento. Después, desde una habitación contigua, cl sujeto (maestro). Administraba una descarga eléctrica de intensidad creciente por cada respuesta incorrecta. En realidad el «alumno» no recibía la corriente, pero sus reacciones aparecían en una cinta magnetofónica en la que se habían grabado murmullos, jadeos, ruegos y aullidos en correspondencia con el sucesivo aumento de voltaje. Las respuestas habían sido preparadas previamente por el experimentador de modo que el único factor limitador que podría impedir al «maestro» administrar la descarga eléctrica máxima fuese su compasión por el dolor de un ser humano. Para el maestro (el hombre de la calle) el conflicto consistía en la opción entre la obediencia al sistema autoritario y su propia creencia en que no se debe hacer daño a otra persona.
.¿Qué porcentaje de los pretendidos maestros recorrieron todo el camino y administraron la descarga máxima? Pero, antes de que aventuren ustedes una cifra, escuchen la voz del Hombre de la Calle por el micrófono interior:
Descarga de 150 voltios: «¿Quiere usted que siga?»
(ORDEN).
Descarga de 165 voltios: «Ese tipo está chillando. Hay mucha gente aquí. A lo mejor sufre del corazón. ¿Quiere que siga?» (ORDEN).
Descarga de 180 voltios: «No puede soportarlo. ¡No voy a matar a ese hombre! ¿No le oye chillar? Está aullando. No puedo soportarlo. ¿Y si le ocurriera algo? Ya sabe a qué me refiero. Quiero decir que rehúso toda responsabilidad. (EL EXPERIMENTADOR ACEPTA LA RESPONSABILIDAD) «Conforme.»
195 voltios, 210, 225, 240, etcétera.
El sujeto (maestro) no dejaba de obedecer al experimentador. Cerca de un millar de maestros participaron. ¿Qué tanto por ciento de ellos obedecieron hasta el final? Digan una cifra antes de seguir leyendo. Un grupo de cuarenta psiquiatras que estudió el proyecto predijeron que serían la décima parte del uno por ciento. En el experimento real, el sesenta y dos por ciento obedecieron hasta el final las órdenes del que conducía el experimento. ¿Cuál fue su cálculo?
Milgram concluía: «Con monótona regularidad podía verse a unas buenas personas cediendo bajo las exigencias de la autoridad y realizando acciones malvadas y graves. Hombres que en la vida cotidiana son seres responsables y decentes se dejaban seducir por los señuelos de la autoridad, por el dominio de sus percepciones y por la aceptación acrítica de la definición de la situación dada por el experimentador, hasta el extremo de realizar acciones crueles. Para este autor, los resultados, tal como los vio y sintió en el laboratorio, resultan alarmantes. Suscitan la posibilidad de que la naturaleza humana, o, más específicamente, el tipo de carácter producido en la sociedad democrática americana, no puede confiarse en que aísle a sus ciudadanos de la brutalidad y del trato inhumano bajo la dirección de una autoridad malévola.
Las deducciones que cabe extraer del experimento son realmente escalofriantes si consideramos que los resultados sólo tienen que ver con algo irredimible que forma parte de la naturaleza humana. Sin embargo, con el análisis transaccional podemos hablar del experimento en otros términos. Podemos decir que el 62 por ciento de los sujetos no tenían un Adulto emancipado con el cual examina la autoridad del Padre de los experimentadores. Indudablemente, un presupuesto que no fue sometido a crítica fue el siguiente: “Cualquier experimento necesario para la investigación es bueno.” Tal vez ese mismo presupuesto fue el que permitió a científicos “de reputación” participar en las atrocidades de laboratorio de la Alemania nazi.
Siendo niños, la mayoría de nosotros aprendimos a “respetar debidamente” a la autoridad. Esa autoridad residía en el policía, el conductor del autobús, el pastor, el maestro, el cartero, el director de la escuela y también en los remotos personajes del gobernador, el congresista, el general y el Presidente.
La reacción de muchas personas ante la aparición de esas encarnaciones de la autoridad es automática.


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El Significado de la Vida

escrito el 2 de abril de 2013 por en General

El significado de la vida
Quizá tú hayas pensado que nada importa en realidad, por¬que en doscientos años todos estaremos muertos. Éste es un pensamiento peculiar, pues no queda claro por qué el hecho de que todos estaremos muertos dentro de doscien¬tos años debería implicar que realmente no importa nada de lo que hacemos ahora.
La idea parece ser que estamos en una especie de com¬petencia incesante, luchando por lograr nuestros objetivos y hacer algo de nuestra vida, pero esto sólo tiene sentido si esos logros llegan a ser permanentes; mas no lo serán. Aunque escribas una gran obra literaria que se siga leyen¬do dentro de miles de años, finalmente el sistema solar se enfriará o el universo se desintegrará, con lo que se des¬vanecerá todo rastro de tus esfuerzos. De cualquier modo, no podemos esperar ni una fracción de este tipo de inmortalidad. Si lo que hacemos tiene algún sentido, debemos encontrarlo dentro de nuestra vida.
¿Por qué hay dificultad en ello? Tú puedes explicar el sentido de la mayor parte de las cosas que haces. Trabajas para ganar dinero y sostenerte, y acaso también a tu familia. Comes porque tienes hambre, duermes porque estás can¬sado, das un paseo o visitas a un amigo porque se te apetece, lees el periódico para enterarte de lo que pasa en el mundo. Si no hicieras ninguna de estas cosas, te sentirías muy mal, así que, ¿cuál es el problema?
El problema es que, si bien hay justificaciones y expli¬caciones para casi todas las cosas, grandes y pequeñas, que hacemos dentro de la vida, ninguna de estas explicaciones aclara el sentido de tu vida como un todo; conjunto del que todas estas actividades, éxitos y fracasos, luchas y decepciones son parte. Si piensas en el todo, no parece tener sentido en absoluto. Viéndolo desde fuera, no impor¬taría si nunca hubieras existido; y cuando dejes de existir, no importará que hayas existido.
Por supuesto, tu existencia le importa a otras personas (tus parientes y otros que se preocupan por ti), pero, to¬madas en conjunto, sus vidas tampoco tienen sentido, así que finalmente no importa que tú les importes. Les impor¬tas a ellos y ellos te importan a ti, y eso puede dar a tu vida un sentido de importancia, pero se están lavando la ropa mutuamente, por así decirlo. Dado que cualquier persona existe, tiene necesidades y preocupaciones que hacen que ciertas cosas y gente dentro de su vida le importen; pero el todo no importa.
Más, ¿importa que no importe? Tú podrías decir: “¿Y qué? Basta con que importe si llego a la estación antes de que salga mi tren, o si me acordé de alimentar al gato. No necesito más para vivir”. Respuesta perfecta; pero sólo fun¬ciona si realmente puedes abstenerte de poner los ojos más alto, y preguntarte qué significa todo. Pues una vez que lo hagas, se abre a la posibilidad de que tu vida te resulte irre¬levante.
El pensamiento de que estarás muerto en doscientos años es una manera de ver tu vida enmarcada en el con¬texto más amplio, de modo que el sentido de las pequeñas cosas que la componen no parece bastar, parece dejar sin respuesta una pregunta mayor. ¿Y si tu vida como un todo tuviera sentido en relación con algo más grande? ¿Después de todo no sería irrelevante?
Hay varios sentidos en que tu vida podría tener un sig¬nificado mayor. Podrías ser parte de un movimiento políti¬co o social que mejorara el mundo, para beneficio de generaciones futuras; o simplemente podrías proporcionar una buena vida a tus hijos y a los hijos de tus hijos; o podrías pensar que tu vida tiene significado en un contexto religioso, de modo que tu tiempo en la Tierra fue sólo preparación para una eternidad en contacto directo con Dios.
Sobre los tipos de sentido que dependen de relaciones con otra gente, incluso gente distante en el futuro, ya in¬diqué cuál es el problema. Si nuestra vida tiene sentido como parte de algo mayor, ¿todavía es posible preguntar cuál es el significado de ese algo? O hay una respuesta en términos de algo aún mayor, o no la hay. Si la hay, simple¬mente repetimos la pregunta. Si no, nuestra búsqueda de sentido termina con algo que no tiene sentido; pero si esa falta de sentido es aceptable para el algo mayor del que nuestra vida es parte, ¿por qué no había ya de serlo pa¬ra nuestra vida tomada como un todo? ¿Por qué no está bien que tu vida carezca de sentido? Y si no es aceptable aquí, ¿por qué habría de serlo en el contexto mayor? ¿Por qué no tenemos que seguir preguntando: “Cuál es el senti¬do de todo eso?” (La historia humana, la sucesión de las generaciones, o lo que sea).
Apelar a un significado religioso de la vida es un poco diferente. Si crees que el sentido de tu vida viene de cumplir el propósito de Dios, que te ama, y verlo en la eter¬nidad, no parece apropiado preguntar: “¿Y eso qué sentido tiene?” Suponemos que es algo que constituye su propio sentido, y no puede tener un propósito fuera de sí mismo; pero por esta misma razón suscita sus propios problemas.
La idea de Dios parece ser la idea de algo que explica todo lo demás, sin tener que ser explicado; pero es muy difícil entender cómo podría haber algo así. Si planteamos la pregunta: “¿Por qué es así el mundo?”, y recibimos una respuesta religiosa, ¿qué puede impedirnos preguntar de nuevo: “Y eso por qué es cierto”? ¿Qué tipo de respuesta detendría todos nuestros “¿Por qué?” de una vez por to¬das? Y si pueden detenerse ahí, ¿por qué no pueden dete¬nerse antes?
Parece surgir el mismo problema si se propone a Dios y sus designios como explicación suprema del valor y sig¬nificado de nuestra vida. Se supone que la idea de que nuestra vida cumple el propósito de Dios le da sentido de un modo que no requiere ni admite otro. No se supone que preguntemos “¿Cuál es el sentido de Dios?”, como tampoco “¿Cuál es la explicación de Dios?”
Pero aquí mi problema, al igual que con el papel de Dios como explicación suprema, es que no estoy seguro de comprender la idea. ¿Realmente puede haber algo que dé sentido a todo lo demás, abarcándolo, pero que en sí no puede tener ni necesitar sentido? ¿Algo cuyo sentido no puede ser cuestionado desde el exterior, porque no hay “exterior”?
Si se supone que Dios da a nuestra vida un significado que no podemos entender, no es mucho consuelo. Dios como justificación suprema, al igual que Dios como explicación suprema, puede ser una respuesta incomprensible a una pregunta de la que no podemos librarnos. Por otra parte, acaso ésa sea la lección. Tal vez la creencia en Dios sea la creencia de que el universo es inteligible, pero no para nosotros.
Dejando de lado ese aspecto, regresemos a las dimen¬siones menores de la vida humana. Aunque la vida como un todo carezca de sentido, quizá no sea motivo para preocuparse. Tal vez podamos reconocerlo y continuar como antes. El secreto es mantener tus ojos en lo que tienes delante y dejar que las justificaciones terminen dentro de tu vida y la de la gente con la que te relacionas. Si alguna vez te preguntas “¿Cuál es el sentido de estar vivo (de lle¬var en particular la vida de estudiante, cantinero o cualquiera que sea tu ocupación)?”, contestarás: “Ninguno. No importaría si yo no existiera, ni si nada me importara; pero algunas cosas me importan. Eso es todo”.
Cierta gente halla muy satisfactoria esta actitud. A otros les deprime, aunque les es inevitable. Parte del problema es que algunos tenemos la tendencia incurable de tomarnos en serio a nosotros mismos. Queremos importarnos a nosotros mismos “desde fuera”. Si nuestras vidas como un todo parecen sin sentido, entonces una parte de nosotros está insatisfecha: la parte que siempre mira sobre nuestro hombro lo que hacemos. Muchos esfuerzos humanos, par¬ticularmente aquellos al servicio de ambiciones serias, más allá de la simple comodidad y supervivencia, obtienen su energía de un sentido de importancia, un sentido de que lo que haces no es importante sólo para ti, sino importante en un grado mayor: importante, punto. Si pasamos esto por alto, nuestras embarcaciones se verían amenazadas por falta de viento. Si la vida no es real, si no es importante, si el sepulcro es su fin, quizá es ridículo tomarnos tan en se¬rio a nosotros mismos. Por otra parte, si no podemos ayu¬darnos a tomarnos en serio, quizá debamos conformarnos con ser simplemente ridículos. Quizá la vida sea no sólo intrascendente, sino irrazonable. ¿O acaso no lo es y está regida por una inteligencia infinitamente superior a la del hombre, una inteligencia mucho más elevada sobre todo lo que existe y que intentamos comprender? La respuesta, lector o lectora debe provenir de ti.


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