Aprender a Pensar

Bitácora de clase

Nelson Astegher

Instituto Icep de Enseñanza

El Significado de la Vida

El significado de la vida
Quizá tú hayas pensado que nada importa en realidad, por¬que en doscientos años todos estaremos muertos. Éste es un pensamiento peculiar, pues no queda claro por qué el hecho de que todos estaremos muertos dentro de doscien¬tos años debería implicar que realmente no importa nada de lo que hacemos ahora.
La idea parece ser que estamos en una especie de com¬petencia incesante, luchando por lograr nuestros objetivos y hacer algo de nuestra vida, pero esto sólo tiene sentido si esos logros llegan a ser permanentes; mas no lo serán. Aunque escribas una gran obra literaria que se siga leyen¬do dentro de miles de años, finalmente el sistema solar se enfriará o el universo se desintegrará, con lo que se des¬vanecerá todo rastro de tus esfuerzos. De cualquier modo, no podemos esperar ni una fracción de este tipo de inmortalidad. Si lo que hacemos tiene algún sentido, debemos encontrarlo dentro de nuestra vida.
¿Por qué hay dificultad en ello? Tú puedes explicar el sentido de la mayor parte de las cosas que haces. Trabajas para ganar dinero y sostenerte, y acaso también a tu familia. Comes porque tienes hambre, duermes porque estás can¬sado, das un paseo o visitas a un amigo porque se te apetece, lees el periódico para enterarte de lo que pasa en el mundo. Si no hicieras ninguna de estas cosas, te sentirías muy mal, así que, ¿cuál es el problema?
El problema es que, si bien hay justificaciones y expli¬caciones para casi todas las cosas, grandes y pequeñas, que hacemos dentro de la vida, ninguna de estas explicaciones aclara el sentido de tu vida como un todo; conjunto del que todas estas actividades, éxitos y fracasos, luchas y decepciones son parte. Si piensas en el todo, no parece tener sentido en absoluto. Viéndolo desde fuera, no impor¬taría si nunca hubieras existido; y cuando dejes de existir, no importará que hayas existido.
Por supuesto, tu existencia le importa a otras personas (tus parientes y otros que se preocupan por ti), pero, to¬madas en conjunto, sus vidas tampoco tienen sentido, así que finalmente no importa que tú les importes. Les impor¬tas a ellos y ellos te importan a ti, y eso puede dar a tu vida un sentido de importancia, pero se están lavando la ropa mutuamente, por así decirlo. Dado que cualquier persona existe, tiene necesidades y preocupaciones que hacen que ciertas cosas y gente dentro de su vida le importen; pero el todo no importa.
Más, ¿importa que no importe? Tú podrías decir: “¿Y qué? Basta con que importe si llego a la estación antes de que salga mi tren, o si me acordé de alimentar al gato. No necesito más para vivir”. Respuesta perfecta; pero sólo fun¬ciona si realmente puedes abstenerte de poner los ojos más alto, y preguntarte qué significa todo. Pues una vez que lo hagas, se abre a la posibilidad de que tu vida te resulte irre¬levante.
El pensamiento de que estarás muerto en doscientos años es una manera de ver tu vida enmarcada en el con¬texto más amplio, de modo que el sentido de las pequeñas cosas que la componen no parece bastar, parece dejar sin respuesta una pregunta mayor. ¿Y si tu vida como un todo tuviera sentido en relación con algo más grande? ¿Después de todo no sería irrelevante?
Hay varios sentidos en que tu vida podría tener un sig¬nificado mayor. Podrías ser parte de un movimiento políti¬co o social que mejorara el mundo, para beneficio de generaciones futuras; o simplemente podrías proporcionar una buena vida a tus hijos y a los hijos de tus hijos; o podrías pensar que tu vida tiene significado en un contexto religioso, de modo que tu tiempo en la Tierra fue sólo preparación para una eternidad en contacto directo con Dios.
Sobre los tipos de sentido que dependen de relaciones con otra gente, incluso gente distante en el futuro, ya in¬diqué cuál es el problema. Si nuestra vida tiene sentido como parte de algo mayor, ¿todavía es posible preguntar cuál es el significado de ese algo? O hay una respuesta en términos de algo aún mayor, o no la hay. Si la hay, simple¬mente repetimos la pregunta. Si no, nuestra búsqueda de sentido termina con algo que no tiene sentido; pero si esa falta de sentido es aceptable para el algo mayor del que nuestra vida es parte, ¿por qué no había ya de serlo pa¬ra nuestra vida tomada como un todo? ¿Por qué no está bien que tu vida carezca de sentido? Y si no es aceptable aquí, ¿por qué habría de serlo en el contexto mayor? ¿Por qué no tenemos que seguir preguntando: “Cuál es el senti¬do de todo eso?” (La historia humana, la sucesión de las generaciones, o lo que sea).
Apelar a un significado religioso de la vida es un poco diferente. Si crees que el sentido de tu vida viene de cumplir el propósito de Dios, que te ama, y verlo en la eter¬nidad, no parece apropiado preguntar: “¿Y eso qué sentido tiene?” Suponemos que es algo que constituye su propio sentido, y no puede tener un propósito fuera de sí mismo; pero por esta misma razón suscita sus propios problemas.
La idea de Dios parece ser la idea de algo que explica todo lo demás, sin tener que ser explicado; pero es muy difícil entender cómo podría haber algo así. Si planteamos la pregunta: “¿Por qué es así el mundo?”, y recibimos una respuesta religiosa, ¿qué puede impedirnos preguntar de nuevo: “Y eso por qué es cierto”? ¿Qué tipo de respuesta detendría todos nuestros “¿Por qué?” de una vez por to¬das? Y si pueden detenerse ahí, ¿por qué no pueden dete¬nerse antes?
Parece surgir el mismo problema si se propone a Dios y sus designios como explicación suprema del valor y sig¬nificado de nuestra vida. Se supone que la idea de que nuestra vida cumple el propósito de Dios le da sentido de un modo que no requiere ni admite otro. No se supone que preguntemos “¿Cuál es el sentido de Dios?”, como tampoco “¿Cuál es la explicación de Dios?”
Pero aquí mi problema, al igual que con el papel de Dios como explicación suprema, es que no estoy seguro de comprender la idea. ¿Realmente puede haber algo que dé sentido a todo lo demás, abarcándolo, pero que en sí no puede tener ni necesitar sentido? ¿Algo cuyo sentido no puede ser cuestionado desde el exterior, porque no hay “exterior”?
Si se supone que Dios da a nuestra vida un significado que no podemos entender, no es mucho consuelo. Dios como justificación suprema, al igual que Dios como explicación suprema, puede ser una respuesta incomprensible a una pregunta de la que no podemos librarnos. Por otra parte, acaso ésa sea la lección. Tal vez la creencia en Dios sea la creencia de que el universo es inteligible, pero no para nosotros.
Dejando de lado ese aspecto, regresemos a las dimen¬siones menores de la vida humana. Aunque la vida como un todo carezca de sentido, quizá no sea motivo para preocuparse. Tal vez podamos reconocerlo y continuar como antes. El secreto es mantener tus ojos en lo que tienes delante y dejar que las justificaciones terminen dentro de tu vida y la de la gente con la que te relacionas. Si alguna vez te preguntas “¿Cuál es el sentido de estar vivo (de lle¬var en particular la vida de estudiante, cantinero o cualquiera que sea tu ocupación)?”, contestarás: “Ninguno. No importaría si yo no existiera, ni si nada me importara; pero algunas cosas me importan. Eso es todo”.
Cierta gente halla muy satisfactoria esta actitud. A otros les deprime, aunque les es inevitable. Parte del problema es que algunos tenemos la tendencia incurable de tomarnos en serio a nosotros mismos. Queremos importarnos a nosotros mismos “desde fuera”. Si nuestras vidas como un todo parecen sin sentido, entonces una parte de nosotros está insatisfecha: la parte que siempre mira sobre nuestro hombro lo que hacemos. Muchos esfuerzos humanos, par¬ticularmente aquellos al servicio de ambiciones serias, más allá de la simple comodidad y supervivencia, obtienen su energía de un sentido de importancia, un sentido de que lo que haces no es importante sólo para ti, sino importante en un grado mayor: importante, punto. Si pasamos esto por alto, nuestras embarcaciones se verían amenazadas por falta de viento. Si la vida no es real, si no es importante, si el sepulcro es su fin, quizá es ridículo tomarnos tan en se¬rio a nosotros mismos. Por otra parte, si no podemos ayu¬darnos a tomarnos en serio, quizá debamos conformarnos con ser simplemente ridículos. Quizá la vida sea no sólo intrascendente, sino irrazonable. ¿O acaso no lo es y está regida por una inteligencia infinitamente superior a la del hombre, una inteligencia mucho más elevada sobre todo lo que existe y que intentamos comprender? La respuesta, lector o lectora debe provenir de ti.



escrito el 2 de Abril de 2013 por en General

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